Cómo se forjan los sueños - Un diván de Cine
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Cómo se forjan los sueños

Algo bueno que tiene el cine y que otro arte no puede aportar, es su poder terapéutico. 07:47 horas. Suena “Ángeles” de Robbie Williams.  Algo o alguien me marca con claridad un camino definido y acaba de pasar el tren de la intuición que esperaba.  Subo. ¿Y qué ocurre? Pues aquello que, por ciclos sorpresivos sucede con acierto en mis ti-pocas primaveras. Subo a ese tren y permanezco en pie con cierta disciplina y rigor. El tren de las 07:47 pasa hoy, de febrero veinte. Un número, cifras, sólo eso. No existe límite a la imaginación, al di-lema de dos verdades contrapuestas; deber y deseo, norma y vocación, h y b. Llamémosle x. Hoy hablaré sobre  “El caso de misterioso resurgimiento de Mickey Rourke y el el Ave Fénix”. De un deseo; mezclado con el mío propio…

La alarma del móvil suena a lo lejos, dando un segundo aviso a mi cuerpo adormecido. Noche en duermevela. Mi atención sigue anclada a los títulos de crédito que pretendo revivir, diría que transportar, cual fotograma congelado a mi día de hoy.

Algo, por extraño que parezca me ha movilizado; de nuevo el cine presente en mi vida. Quizás porque hoy me sienta, en cierto modo como Mickey Rourke en su papel de “The Wrestler”, a punto de saltar al ring sobre un escenario que no es otro que el puente hacia un sueño, ese escenario ideal, inalcanzable, el Unicornio de la Interpretación.

En breve saldré de mi guarida, enfundada en chaqueta abotonada, melena atada sin ápice de rebeldía, uña pulida, pantalón diplomático y tacón discreto. Cierto aire neutral para la inminente entrevista que se aproxima irreversible. El papel aprendido. Un tú a tú ante otro, donde el yo se queda no sé dónde. Soy actriz. Empieza a fraguarse en mi mente la función que se aproxima, la función que no está escrita en ningún libreto. Tengo una entrevista. Esta vez no hablaré de cine y soy feliz, impaciente por probarme en ese desconocido escenario. Reto. Desafío. En mis manos la oportunidad, en el aire ese tren que pasa y que voy a coger; creo que esta película tiene algo, posee el poder de conexión, y es que cualquiera puede ponerse el traje de Mickey Rourke y lanzarse a su ring personal;  hecho a medida. Una historia de personajes con heridas.

<<El soliloquio final, el homenaje de despedida al público que le contempla en su “última” noche de esplendor, esa especie de simbiosis entre personaje y actor. Todo es uno. Recuerda a Segismundo en “La Vida es Sueño”. Encadenado a su destino.>>

En tan solo un minuto escaso de metraje avanzamos veinte años en la vida de este luchador; quién lo diría, pues a pesar de dicho intento del director por evidenciar el paso del tiempo, en ningún momento vemos al personaje veinte años más joven, en realidad la imagen del actor en sus buenos tiempos donde la cirugía aún no había hecho mella en su rostro desfigurado, esculpido a toques de cirugía. Hay momentos -broma aparte- en que uno cree estar ante una Marujita Díaz o una Carmen de Mairena, salvando las distancias. A medida que avanza la historia este factor pasa a un segundísimo plano y hasta incluso se une a su favor, invadiendo  al espectador de actitud compasiva que permite ver más allá de ese rostro elefantado. El espectáculo está servido. Y es precisamente ese el factor principal por el cual el espectador engancha al instante logrando meterse en su curtida piel.

Aronofsky deja ese espacio vital para invadir a nuestro antojo fotograma tras fotograma del film. Brinda esa oportunidad a través de sucesivos contra planos, donde podemos llegar a sentirnos como la sombra del personaje; saltamos al ring, sentimos sangrar nuestra piel bañada en el sudor del contrincante, asistimos con él a sus juergas nocturnas en soledad, nos dejamos dar esas mechas mientras le sugerimos a una exótica peluquera cómo ha de hacer mejor su trabajo, reímos con él ante esa especie de actitud infantil de la que ni él mismo se siente dueño, y, llegamos a ser esa lágrima que rompe y se desborda a través de unos ojos sin vida, bañados por la necesidad de sentirse una pieza primordial del espectáculo de la vida. Y eso, en definitiva, es este personaje, humano. Recuerda por momentos al personaje vieja gloria en decadencia que interpretó Gerard Depardieu, maravilloso actor, en “Chanson d´amour”.

Existen dos momentos excepcionalmente filmados donde el espectador entra en la acción, -secuencia del supermercado donde él desempeña su trabajo y alguien parece reconocerle bajo ese disfraz bufonesco y denigrante; el punto de inflexión, donde sangre es igual a espectáculo-. Salto de nuevo al ring. Y es que al final, uno no sabe muy bien a dónde le va a llevar ese gran salto mortal desde las cuerdas del ring, ese salto al vacío, éxtasis total. Aronofsky ofrece de nuevo la posibilidad de lanzarse con él y sumergirse en las turbulentas aguas de la duda; para poder elegir ver el vaso medio lleno o medio vacío; las dos caras de una misma moneda. Un fundido a negro demasiado largo, suficiente para dar tiempo a preguntarse: ¿Próxima secuencia sala de operaciones junto a la mujer que decide arriesgar por él? Ambos en ese instante arriesgan. Él elige quedarse con su Gran Pasión, y esta no es compatible con el amor a una mujer, ni a una hija. Pero todo ese entramado que fabrica tiene un precio; el de la propia decadencia.

Demasiada carne puesta en el asador para evitar no caer en la duda de preguntarse si el aclamado Oscar tocará o no su puerta, si podrá este ave alzar el vuelo al lejano estrellato. Un traje cortado a medida que encaja a la perfección. Un guante de destreza, de sonoros cascabeles que aclaman victoria. Triunfo.

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